Categoria: Mente

Esta mañana, he ido a que me sacasen sangre... y como siempre, ha sido un circo. Un tío de 1.84 y bien fornido, con su buena dosis de hipertensión... con un bajonazo de tensión y a punto de desmayarse.

Desde hace tiempo, tengo malas experiencias con las extracciones de sangre, desde cierta vez que me pasé un mes de hospital con extracciones día sí y día también. Y es una putada, porque conscientemente entiendo que es algo necesario -aunque no apoyo la idea de análisis invasivos- pero el cerebro de lagarto es más fuerte en este caso. Recuerdo que la última vez que acabé en el hospital, me tenían que agarrar entre tres para sujetarme el brazo. Que sí, que encima hay algo de músculo por ahí en medio.

Esta vez, también como siempre, han acabado destrozándome las venas de las manos. Debajo del codo no había forma de sacarla, así que venga con las agujas pa niños en las manos, a tubo por mano; dos tubos, dos manos; flebitis y moratón de propina. Después, un buen rato tumbado en la camilla, esperando a que la habitación parase de dar vueltas, y otro rato sentado mientras la persiana parecía fluctuar como si la luz fuesen olas en el mar. Por lo menos no me metí una leche al levantarme, que ya me dijo la enfermera que no me levantaba, en todo caso me ponía una almohada allí donde cayese (ja-ja, humor de enfermeras).

Ya en casa, se me ocurre tirar de google; que si fobia a las agujas, que si terapia tal, que si cual... hm.

La verdad, es que durante años pensé que sí, que tenía fobia a las agujas, pero creo que va a ser que no. Me puedo limpiar las uñas con una aguja sin problemas, y no es que me vuelva loco nada más ver una. El problema, es otro:

Me mata el intentar autocontenerme de la reacción de respuesta ante alguien que me va a clavar una aguja.

Imaginándome escenarios, he llegado a la conclusión, de que las agujas en sí no son el problema; es el imponerme una actitud pasiva ante algo que se merece una respuesta activa. Agarrar la silla y estampársela en la cabeza al de la aguja, esparciendo los sesos por la pared. Retirar el brazo y meterle una patada en los huevos. Romperle el cuello. Todo situaciones con las que me sentiría de lo mas cómodo, y no creo que me desmayase lo más mínimo.

Quedarme quieto mientras alguien va a clavarme una aguja pa destrozarme las venas... esa es una contradicción tal, que intentar imponérmelo hace que me desmaye.

Cosa curiosa este basurero de trozos conectados de cualquier forma que llamamos cerebro, ¿verdad?

Un día, hablando sobre las diferentes necesidades educativas de perros, gatos y niños, sin querer ví la luz. Era grande, bonita... y se llamaba Emma.

Pero no iba a hablar de eso. Comentaba sobre la educación, la capacidad cognitiva y una clasificación burda en varios niveles. En función de la percepción, la sociedad, y el entendimiento de las causas y efectos que los gobiernan. En cierta forma, la interpretación de las relaciones de causa y efecto.

Relaciones encadenadas, basadas cada una en la anterior, a modo de proceso cognitivo escalonado. Cuyo conjunto hace surgir unos tipos de estructura o relación social, y no otros.

  1. Al principio, vemos lo que ocurre. Interpretamos si nos afecta o no, si es bueno o malo para nosotros. Aprendemos a evitar lo malo, a buscar lo bueno. Lo malo para mí, lo que me causa dolor, hambre o aburrimiento, es malo. Lo bueno para mí es bueno... ¡y lucharé por ello! Con uñas y dientes. Si me muerden, los muerdo.
  2. Una vez aprendido qué es lo bueno y lo malo, empezamos a prever. Si me mira mal, ¿me morderá? A lo mejor me tengo que apartar, o tal vez morderle... por si acaso, para que aprenda. Le amenazo para que no me muerda, y no me muerde. Me aparto cuando me amenaza, y no me muerde. Amenazar y apartarse es bueno, porque lleva a algo bueno, que no me muerda.
  3. Pero poco a poco, queremos conseguir no solo algo bueno, sino algo mejor. No solo que no me muerda, sino conseguir el hueso más grande. A lo mejor tengo que engañarle, planificar una estrategia para quitarle su hueso. Tal vez si alguien le distrae, pueda conseguir quitárselo mientras no mira. Pero tengo que tener cuidado de que él no me quite mi hueso... tal vez si le prometo al otro parte del hueso, entre los dos podemos conseguirlo. O entre tres... sí, mejor entre tres, aunque yo me llevo la mayor parte.
  4. Empieza a organizarse una sociedad, con unas relaciones de poder, conocimiento y dominio. Colaboramos para quitarle el pan al otro, pero el jefe se queda la mayor parte. Claro que nadie quiere ser el jefe, que si nos pillan es a por quien van. Nosotros solo seguíamos órdenes... en serio. ¿El pan? Sí, estaba bueno, pero casi no nos dio nada.
  5. ¿De dónde salen los productos? ¿Quién los fabrica? ¿Sirven para enseñarles a los niños a ser jefes? Yo quiero productos mejores que los de los otros, para que de mayor me cuiden bien. Y mi país, que es donde tengo cosas para comprar. Cuanto más consiga mi país, más puedo comprar. ¡Viva mi país! Somos los mejores.
  6. Hm, los otros a lo mejor piensan como yo. ¿Debería ir a por ellos abiertamente, o mejor ganarme su confianza y que crean que soy su amigo? Yo quiero mejores productos, pero si la sociedad se va al carajo, me quedo sin nada. Si los otros aplican las mismas meta-reglas a nuestras relaciones, mejor me ando con ojo, no vaya a ser que por defender que está bien partirle la boca a alguien, otro defienda lo mismo de mí. Tengo que andarme con ojo con las normas que defiendo, no vaya a ser que luego me las apliquen. Mejor mantengamos algo de equilibrio. A todo eso, ¿cómo pienso yo?

A lo que iba, es que podemos ver estas fases mezcladas en distintos seres, con distintos grados y respecto a distintos temas.

  • Los gatos, rara vez planifican algo en grupo.
  • Los perros, entienden que un jefe está bien, pero sus grupos son bastante reducidos y simples.
  • Las personas, pueden llegar a entender el concepto de punto de equilibrio en las normas y meta-normas sociales, pero muchos se quedan por el camino. Gritando arengas sobre la superioridad de su país, raza, o algún parámetro similar que les permita identificarse fácilmente con un grupo. Sin pensar demasiado.

Hoy, cortesía de las comunicaciones a escala mundial, cada vez se hace más importante el entendimiento de los puntos de equilibrio. Sin embargo, nos encontramos con una sociedad fragmentada, una gran parte inculta, y en su inmensa mayoría enfrascada en la defensa de sus grupúsculos personales. Mientras el mundo avanza hacia una sociedad aún más integrada e interdependiente.

Tal vez se reduzca todo a una falta de educación. O un fallo de educación. Hay a quien estas consideraciones le parecen totalmente incomprensibles, incluso contrarias al sentido común. Esperemos que ese sea el caso, pues la educación sólo es cuestión de tiempo que impregne todos los estamentos sociales. En cantidades de siglos a veces, pero solo tiempo.

Más grave sería que fuese un fallo intrínseco del normal raciocinio humano. La evolución no parece actuar a la misma velocidad que la educación, podríamos enfrentarnos a milenios enteros. Esperemos que no sea el caso.

De pequeño no te das cuenta, y de mayor muchas veces tampoco, pero según pasa el tiempo y sigues mirando alrededor, se ve cómo las relaciones causales van moldeando a las personas y su entorno.

Una niñez traumática, un corazón roto, un trabajo perdido, hacen que el mundo particular de cada uno se tambalee. Unas veces más, otras menos, unos consiguen mantener el equilibrio y seguir haciendo lo mismo, otros se caen y tienen que volver a levantarse. Otros más, deciden que no les da la gana levantarse, deciden convertirse en mártires y dejarlo todo de lado.

Es especialmente entre estos auto-mártires, donde aparecen los hijos de puta; no les basta con haberse caído, sino que intentan hacer caer a cuantos les rodean, al mismo tiempo culpando a todos de su propia desgracia. Algunos lo llaman "el juego de la culpa", o "pasar el marrón". Unos cuantos se afianzan en estos juegos hasta el punto de convertirlos en un "tira la mierda a matar"... y unos pocos lo hacen sin metáforas.

A esos últimos los llamamos "monstruos", a los anteriores... nada. Como si el paso de uno a otro fuese instantáneo, una delimitación de ahora no, un segundo después sí. Pues no, no es así.

Los monstruos no nacen, crecen poco a poco entre nosotros, cayéndose, hundiéndose más y más, arrastrando consigo a cualquiera que les intente sacar a flote, echando la culpa de todas sus desgracias a quien no quiera hundirse con ellos.

Tras unos años mirando el mundo, a las gentes que lo habitan, te das cuenta de que todos nacemos inocentes... sólo tenemos culpa de las elecciones que hacemos a partir de ahí.

De hecho, "culpa" no es una palabra estrictamente exacta, pues sólo somos lo que nuestros genes y entorno hacen de nosotros. Más correcto sería decir "potencial de responsabilidad hacia otros", que a la larga se reduce a lo mismo:

Debemos ser tratados en función del potencial que representemos, de puteo hacia el resto de personas.

Ese "potencial", mal llamado "culpa", es el que formamos día a día con nuestras decisiones. Cada vez que decidimos agarrarnos a un trozo de madera, o atarnos otra piedra al cuello, cada vez que hundimos o sacamos a flote a alguien, cada vez que aprovechamos las oportunidades que se nos brindan o decidimos conscientemente tirarlas por la borda.

A la larga, ves que hay dos tipos de personas: los que tiran parriba, y los que tiran pabajo. Los segundos deben recibir las ayudas que necesiten... y si aún así las rechazan, deberán ser apartados de la sociedad. Sin miramientos, sin concesiones, sin alargar innecesariamente el daño que causan a su entorno.

Si algún día llegan a darse cuenta de esto, y a cambiar su tendencia, deberían ser reinsertados en la sociedad... pero de esos cambios, hablaré en la segunda parte.

Estaba durmiendo plácidamente, soñando con juegos basados en autómatas celulares multidimensionales, cuando ocurrió.

Me ha mordido un Furby

No sé muy bien en qué parte del mundo virtual encajaba, pero hacían falta monstruos virtuales. Animales, personas, robots, camellos y... bueno, no eran exactamente Furbys, pero se parecían. Una especie de bicho peludo como de 40cm de alto, redondo, con las patitas cortas, ojitos tiernos y una bocaza de lado a lado llena de afilados dientes. Como esponjoso al arrearlo contra una pared.

Su pariente más cercano, un bichito bastante soso que se dedicaba a comer hierba y poco más, era el compañero ideal para los demás bichos del mundo. Este en cambio, era un depredador feroz y despiadado; tonto, pero muy determinado en comerse un brazo. Mi brazo.

Y es que los bichos había que testearlos, ver sus puntos fuertes y débiles, ver cómo encajarían en el resto del mundo y con qué parámetros. No sé exactamente cuál fue el cable que se me cruzó, pero el bicho me saltó encima. Es lo que pasa cuando la imaginación cobra vida.

Por lo menos mantuve la sangre fría suficiente como para testearlo.

Aplastarlo contra una pared... no le hace nada, es como esponjoso (por eso lo sé). Intentar abrirle la boca para que se suelte... no, tiene los dientecitos bien clavados. Meterle hasta que reviente... tampoco, no le hace nada (además, qué asco).

Obviamente se le podría reventar en trocitos pequeños, pero no iba destrozar mi propia creación, ¿no? Además, el brazo... estaba en medio, no mola.

Así que me desperté. Esa parte del cerebro de lagartija que todos tenemos, me despertó ante el "peligro" que se me venía encima. Cachis.

Sobra decir que en la habitación no había ningún Furby, ni gato que se le pareciese, mucho menos en mi brazo. En cierta forma es un alivio. Por otro lado, me habría gustado jugar algo más con él, era un reto. ¿Había creado realmente un ser invencible en su mundo, un depredador en la cima de su pirámide alimentaria con incluso los humanos debajo?

En fin, no se me da muy bien volver a retomar un sueño donde lo había dejado (aunque sigo trabajando en ello), así que poco más puedo decir del bicho por ahora. Interesante la experiencia, eso sí, que tu propia creación ensoñada te muerda ;)

Hace años, 10 o tal vez 15, durante unas vacaciones de verano, tuve ocasión de ver por última vez a mi tía-abuela, que en paz descanse (aunque me temo que no lo haga).

Era una mujer bastante simple, nacida casi en el campo, en una época en la que la educación no era algo prioritario y mucho menos entre mujeres. Nunca llegó a ocupar un puesto realmente activo en la sociedad, viéndolas venir primero durante la 2ª Guerra Mundial, luego con la llegada del socialismo, y más tarde con el apabullante cambio al capitalismo que la pilló con muchos años y casi por sorpresa.

Cuando pude, no tuve la suficiente perspectiva como para aprovechar adecuadamente lo que me pudiese enseñar... aunque supongo que esto siempre lo decimos según ganamos perspectiva. Hoy tampoco habría sido capaz de aprovechar la perspectiva de dentro de 10 años, supongo que es a lo que llaman crecer.

La suerte quiso sin embargo que, sin pretenderlo, me enseñase una valiosa lección.

El último día que fuimos a visitarla (ahora que lo pienso, posiblemente fuese la ultima vez que la vi), ya casi al irnos a despedir, me llamó a la cocina sin que me visen mis padres, y con voz conspiradora me susurró:
- "Toma, para que te compres unas chuches"
En mi mano apareció el equivalente de aquél entonces de unos 5€, y en la otra una bolsa.
- "Y esto porque, en la TV, la abuela se lo da a su nieto y le gusta tanto..."
Una chocolatina.

Le dí las gracias, aún pese a lo surrealista de la situación. No tendría muchas ocasiones de comprarme nada, pues ese mismo día volvíamos en coche a España, y la chocolatina simplemente me dejó de piedra. ¿En serio se creería los anuncios que sueltan en TV? No lo dijo en broma, de eso estoy seguro... habría pues de pensar que sí, que lo decía en serio.

Ese día, aprendí una valiosa lección, la más valiosa de las pocas que recuerdo me enseñase, aunque me conste que de pequeñito me enseñara otras:

La propaganda influye de forma increíblemente fuerte a gente que no está preparada para analizarla.

Desde entonces, veo con otros ojos los anuncios en TV. Una vista más completa, analizando y comprobando lo que presentan, buscando las intenciones y metodologías ocultas a quien no les preste atención, mas influyentes de igual manera. Años más tarde, cuando ya no veo TV, cada cierto tiempo la enciendo para fijarme en los anuncios. No en lo que anuncian, ni en lo que dicen, sino en cómo lo dicen y cómo intentan crear asociaciones e influencias en el espectador.

Y todo se lo debo a mi tía-abuela, a la que estaré más agradecido por esta simple acción, que por su típico sękacz con compota que siempre nos servía, y por la que la recordaré tanto como por sus helechos, el 4º sin ascensor, el taladro que casi me cargo agujereando su techo de hormigón en el baño para instalarle un tendedor para la ropa, la vieja TV y su antena, o la pulcritud de su cocina donde ni una sola gota estaba fuera de lugar.

Desde hace algún tiempo, astrofísicos de todo el mundo, han estado escuchando y a la vez hablándoles a las estrellas. ¿Debe estar en sus manos decidir lo que dicen? ¿Habrá alguien más que otros astrofísicos escuchando? Si es así, ¿hablamos nosotros a la gente que nos escucha, o es sólo una charla entre pirados de las estrellas?

Lanzamos mensajes al espacio, esperando que alguien los reciba. Al mismo tiempo, esperamos recibir otros mensajes que alguna otra civilización hubiese lanzado con anterioridad. Dadas las distancias astronómicas que nos separan, no podemos hablar de comunicación en tiempo real, sólo en tiempos futuros y pasados. Lo cierto, es que estamos hablando a ciegas, sin recibir ni esperar recibir respuesta a lo que decimos, con la vaga esperanza de que alguien, en algún lado, haya estado haciendo lo mismo hace años... o cientos de años... o milenios.

De entre nosotros, son los astrofísicos quienes redactan los mensajes que envían. Desde luego, son quienes dominan la tecnología que usan, y quienes mejor conocen el medio de transmisión. Al ser quienes observan las estrellas, pueden imaginar que quien vaya a recibir sus mensajes serán otros astrofísicos, a su vez extraterrestres. Parece lógico pensar que quien escucha tendrá más probabilidades de acertar a transmitir una información de forma que se pueda escuchar, al fin y al cabo es lo que él querría oír.

Pero no todos los astrofísicos entran en este juego, sólo un selecto grupo -y más en concreto aquellos con acceso a los radiotelescopios más potentes- tiene posibilidades de lanzar al espacio un mensaje que pueda ser realmente interceptado. Su forma de pensar y ver el mundo es la que moldea estos mensajes, que innegablemente

¿Nos gustaría realmente recibir un mensaje de un astrofísico extraterrestre?

Estoy seguro que cualquier astrofísico se volvería loco de placer. Muchos de los que no terminamos de compartir esta adicción por las estrellas, quedándose en mera fascinación, podemos imaginarnos que nos encantaría oír algo, lo que sea.

Pero seamos sinceros, ¿de verdad queremos oír sólo series de números primos? ¿sólo mensajes codificados en base estrictamente a la forma de pensar matemática y científica? Desde luego la matemática deberá ser la base del lenguaje que vayamos a usar, ¿pero debe ser también el único contenido?

Me parecería más interesante hablar al "pueblo llano", y desde luego más interesante para muchos, más enriquecedor para nuestra sociedad al completo. Si algún día conseguimos establecer una comunicación, aunque sólo sea unidireccional, en base a un lenguaje matemático, desde luego sería fascinante perfeccionar este lenguaje y/o comparar notas sobre nuestro conocimiento científico, pero más interesante aún sería poder hablar de arte, de cultura, incluso de política... o más aún de algo que simplemente desconociésemos. Qué mayor reto podría haber, qué mayor interés en recibir una comunicación, que descifrar el sentido de una comunicación que nos ofreciese algo completamente nuevo.

Una nueva rama del comportamiento social, una nueva forma de relación o de ver el mundo. Esto sería lo más valioso que posibles civilizaciones extraterrestres presentes y futuras nos podrían ofrecer nunca.

Así mismo, nosotros podríamos poseer conocimientos o aspectos de nuestra sociedad únicos en el universo, o al menos desarrollados de una forma única. Tal vez no, pero ¿y si es así? Deberíamos buscar la forma de transmitir ese conocimiento, esa consecuencia evolutiva a la que nos ha llevado nuestra evolución particular. Tal vez una sociedad sin política recibiese un empujón evolutivo imprescindible al aprender de nuestras luchas y guerras. Tal vez una sociedad sin arte aprendería a apreciar su entorno antes de destruirlo definitivamente, tras conocer aunque sea un mero apunte de nuestra experiencia al respecto.

Tendemos a pensar que los lenguajes formales completos deberían expresar cualquier relación lógica. Suponiendo que la lógica se cumpla igual en todo el universo, incluso presentar como verdaderas para nosotros algunas relaciones lógicas aparentemente falsas para otra civilización, podríamos estar sembrando la semilla de una transferencia sociocultural sin igual. Estudiosos extraterrestres disertando durante siglos sobre cómo es posible una simple afirmación sobre arte, hasta que alguien diese con la solución, creando una completa rama nueva en su sociedad.

Alguna vez se dijo que una civilización necesita metas. Si no tiene metas que pueda perseguir, acaba por marchitarse y morir. Nuestra meta de establecer algún tipo de contacto extraterrestre es apasionante, y de por sí puede arrastrar adelante la imaginación de gran parte de la sociedad. Pero una vez conseguida, tal vez ya no sea suficiente, tal vez lo que necesitemos sea la meta de comprender el mensaje recibido. Si es demasiado simple, podría dejarnos sin un gran motor para la evolución de nuestra sociedad.

Sería terrorífico pensar que tras recibir un mensaje extraterrestre, nuestra sociedad perdiese una meta con un potencial tan grande. Más terrorífico si cabe, sería pensar que al mandar mensajes relativamente sencillos, se lo estemos haciendo a otras sociedades, dejándolas sin una meta tal vez imprescindible para seguir existiendo.

(Pregunta original vía traducción en el blog de Maikelnai, vía Menéame).

Tomemos dos ejemplos de gradaciones, de menos a más...

Ejemplo 1:

  1. se fue al cielo
  2. pasó a mejor vida
  3. nos abandonó
  4. se murió
  5. la palmó
  6. la espichó

Ejemplo 2:

  1. comprar una botella de zumo
  2. beberse una botella de zumo
  3. guardar una botella de zumo en la nevera
  4. dejar una botella de zumo fuera de la nevera
  5. tirar a la basura una botella llena de zumo
  6. echar el zumo de una botella llena sobre el sofá

Pregunta:

¿Dónde hay una mayor diferencia, entre decir "se fue al cielo" vs. "la espichó", o entre comprar una botella de zumo vs. echar el zumo de una botella sobre el sofá?

Si la respuesta es la primera... lo siento, tienes un problema de organización cognitiva, posiblemente debido a un temprano adoctrinamiento moral o un mal entendido poder de las palabras para cambiar el significado de las cosas.

Explicación:

En el primer ejemplo, todas las palabras se refieren al mismo hecho de la muerte, un antes y un después entre dos estados definidos del entorno, graduados en función de la connotación al referirse al mismo.

En el segundo ejemplo, cada frase se refiere a hechos distintos, ordenados otra vez en función de la connotación al referirse a una parte del hecho: el aprovechamiento del zumo en cuestión.

Es una muestra de falta de tolerancia el anteponer las connotaciones a los hechos, las primeras particulares para cada individuo o conjunto de individuos, los segundos comunes para todos.

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Jaroslaw Filiochowski
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