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Desde lo más profundo de la tierra llegan los aullidos agonizantes de su destino. La tierra se estremece, montes y mares tiemblan al unísono, acompañados por los gritos de miles de almas condenadas a una muerte cierta.
Lejos, muy lejos, en el vacío del espacio, impasible ante una tierra que se convulsiona, permanece la Sonda. En órbita alrededor del sistema solar, analizando miles de veces por segundo los datos de sus sensores, esperando una secuencia determinada de acontecimientos que desencadenarán alguna de las acciones preparadas.
Mientras los mares se vuelven nubes, y las fértiles llanuras comienzan a hervir con el rojo color de la lava, sólo Ciudad Refugio merece un elevado número de ciclos de proceso. No es la primera vez que los Observadores son testigo de la aniquilación de un raza, pero sí es la primera vez que un ente racional ha construido para sí mismo un hábitat capaz de soportar el infierno de una reacción punto cero a escala planetaria.
Transcurrido determinado periodo de tiempo, tras el cual la Ciudad sigue intacta, un nuevo mecanismo entra en acción. Una minúscula cápsula, con el registro de todas las observaciones, es depositada en un pequeño tubo dentro de la Sonda. Al otro extremo del tubo un destello cegador deja entrever otro tubo de idénticas proporciones, y en el instante antes de que el destello desaparezca, la cápsula es acelerada a velocidades cercanas a la de la luz para desaparecer con otro destello final.
Este corto acontecimiento queda registrado por la Sonda, que por lo demás permanece inerte, observando.
Mientras tanto, el núcleo del planeta ha alcanzado su temperatura crítica y, como un enorme globo relleno de lava, la corteza empieza a hincharse más y más. Esta vez Ciudad Refugio reacciona, comienza a apartarse lentamente de la corteza incandescente, que antes fuera su hogar. Sus creadores han previsto correctamente los posibles acontecimientos que ahora tienen lugar. Justo antes de que el planeta explote, la Ciudad parpadea y desaparece, para al instante aparecer a varios millones de kilómetros de distancia, con una velocidad sólo ligeramente inferior a la de la luz.
Este era uno de los sucesos que la Sonda esperaba. Un registro queda marcado, y se carga el programa de emergencia. Es en este instante que otro destello cegador aparece dentro del pequeño tubo, dejando tras de sí una diminuta cápsula idéntica a la que antes había desaparecido. Rápidamente es abierta y su contenido incorporado al programa principal.
Ahora ya no hay lugar a dudas. La Sonda enciende sus generadores, necesarios para alimentar los mecanismos de defensa. Ninguna raza suficientemente necia como para destruir su propio planeta puede ser disculpada. Las órdenenes de los Defensores son tajantes: asegurar a los supervivientes el mismo destino que ha corrido el resto de su raza. Aniquilación absoluta.
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